martes, 10 de enero de 2012

XXV. Jugamos a ser humanos en esta habitación gris.


El cristal del vaso reflejaba el pelo color fuego de Amélie. Dentro, las llamaradas naranjas parecían romperse entre los tres hielos de la copa, de aristas desgastadas por los segundos y el calor; y acababan fundiéndose con el líquido del mismo color. Naranja.

Antes de darse cuenta, con los ojos cerrados y ensimismada por el sabor metálico del último trago, su mente estaba ya lejos de todo aquello. Lejos de ese bar anclado en la América de la Segunda Guerra Mundial, poblado por una fauna humana de todas las edades repartida en lujosas mesas, engalanados con caras camisas de seda y vestidos de tiendas prohibitivas; lejos de ese camarero de excitante piel negra, de ojos verdes chispeantes y blanca sonrisa perfecta que le había guiñado un ojo media hora antes; lejos del reflejo de su pelo en el cristal; lejos de Ángel, que había huido mientras la creía dormida, ahogado en buen perfume; incluso lejos de sus recuerdos eléctricos y dolorosos.

Solo cerca del tacto líquido, áspero, del sabor añejo del último sorbo de ese whisky frío fundiéndose en su lengua.

Su mente divagaba, quizá fruto del alcohol, de la momentánea soledad o de la dureza del recuerdo. Se materializó inconscientemente en aquella esquina, la de sus años más grises e insípidos, a la que nunca habían llegado los sueños, tan solo entes hundidos en la desesperanza y la anhedonia. Volvió a entrar a aquel bar, y el gris insípido se transformó en amarillo amargo, rancio.

Era culpa del alcohol. O quizá del camarero, seguro que él había vertido algo en su copa antes de servirla. Estaba anestesiada. No, la verdad es que no creía que fuera culpa del camarero. Eran los recuerdos, el whisky con naranja, Eva, el amarillo que volvía a oler a rancio. Volvía a divagar, su mente se estaba escapando, se perdía en un laberinto compuesto por  dos calles, una gris y otra amarilla.

Por eso se volvió a sorprender-y lo haría mil veces más- cuando consiguió abrir los ojos, buscando allí una cuerda a la que agarrarse, un ovillo de lana que ir soltando según avanzaba en su laberinto para no pasar dos veces por el mismo lugar, para no perderse. Y delante de ella se encontraba su luz, su salvador. Era infinitamente mejor que el ovillo de lana. Ni siquiera era amor convencional lo que la aferraba tan fuerte a él; era más que eso, era adoración. Era la gratitud hacia quien te salva la vida, la fe ante tu ángel de la guarda, la pasión del primer amante… Eran sentimientos demasiado fuertes que intentaban de nuevo abrirse paso entre la espesa niebla que turbaba sus sentidos, entre esa anestesia que la dormía despierta.

Tanto que tampoco se dio cuenta de esa sonrisa lenta e inocente que llegó sola hasta sus labios cuando aquel camarero, el que le había envenenado la copa, ese con el que había bromeado a cerca de su edad, le guiñaba de nuevo el ojo desde detrás de la barra. Qué guapo era. No, él no le había hecho nada a su bebida. No sentía nada, su mente seguía volando como una mosca que es incapaz de estar quieta en un sitio más de cinco segundos. Y su cuerpo, con su mente fuera de él, tampoco era capaz de sentir nada, ahora que había consumido el último sorbo de whisky.

De hecho, aun seguía abstraída cuando Ángel la cogió del brazo y la sacó del local. Y su piel seguía tan indiferente que ni siquiera notó lo exageradamente fuerte que la gran mano de él se aferraba como una tenaza en torno a la diminuta muñeca de ella, ni de la negligencia con la que la arrastraba tras de si, ni de que ya era de noche fuera de aquel bar. No se dio cuenta de la ira que hervía en las venas emponzoñadas de Ángel hasta que éste cerró la puerta de la habitación con un portazo que parecía capaz de derrumbar el hotel entero, la agarró de las muñecas y la empujó contra el espejo. Y tampoco entonces se inmutó.

Luego Ángel comenzó a gritarle muy cerca de la cara, pero Amélie no estaba allí. No estaba en ninguna parte. “¡No eres más que una puta!, ¿me oyes?  ¡Una puta!” consiguió oír-aunque su cerebro se negase a entender- en una fracción de tres segundos en la que su espalda quedaba a ocho centímetros del cristal para automáticamente volver a estallar contra él en otra de las sacudidas de Ángel. Pero no le importó.

Am no lloraba, no sentía dolor. Ni siquiera rabia o miedo. Estaba abstraída, igual que cada una de esas miles de veces en las que había tenido que venderse, que dejarse ultrajar en aquella esquina que a veces parecía convertirse en rincón para abrazarla. Era como si se pusiera un escudo invisible que la protegiera de lo externo. Como si su sistema nervioso se hiciese gas, como si nada llegase a su cerebro. Como si éste se acabara de evaporar.

Quizá por esa razón tampoco notó las pupilas excesivamente dilatadas de Ángel, el temblor desmesurado de sus manos y lo insólito de esas gotas de sudor en su frente en pleno noviembre cantábrico cuando ese hombre de camisa blanca, ese que había dejado la condición de ángel que le inculcaba su nombre propio en standby, soltó sus muñecas en un último golpe en el que el cristal llegó a quebrarse, dejándola escurrirse hacia el suelo apoyada en el espejo.

Ahora él estaba de espaldas a ella, sentado en uno de los sofás de la suite, con la cabeza agachada y su cuerpo detonando en pequeñas convulsiones. Ella, sentada en el suelo dos metros atrás, con la mirada perdida y ni el más mínimo síntoma de tensión en su rostro, vacío. El silencio interno de Amélie, el gas que era por dentro parecía haber escapado por alguna fuga, haberse extendido por toda la habitación, apagando cualquier sonido. Inconscientemente abrió su mano izquierda, algo le molestaba. Apareció un papel arrugado que escondía entre sus pliegues nueve cifras seguidas de una inicial: S. Ni siquiera se acordaba de cuándo le había dado eso. Sergio.

Amélie se levantó, reptando por el espejo como una araña. Su piel incolora parecía más fría aun entre los mechones de su pelo ígneo. Bajó sus manos hasta el borde inferior de su camiseta, la azul que caía en su hombro, y se la quitó. Se quitó los zapatos, pero dejó sus vaqueros puestos. Parecía un fantasma ante ese espejo quebrado, incluso su piel, maculada de rojo sanguíneo intermitentemente, parecía transparente. Se acercó en silencio por detrás hacia Ángel. Aun llevaba la camiseta en la mano, y él no era consciente de que ella estaba detrás. Amélie vio en ese momento a Ángel indefenso ante ella, sonrió ante la posibilidad de atacarle por la espalda. Sujetó la  camiseta azul con ambas manos, las separó para que la tela quedara tensa. 

Dio un paso más hacia Ángel, él seguía sin notar su presencia. Serían unos segundos. Luego cogería la cartera de Ángel, el coche alquilado, correría al aeropuerto y cogería el primer vuelo a donde fuera. No era el plan perfecto, pero era una opción tentadora. Lo pensó mejor, no sabía conducir. Pero podía convencer (u obligar) a Sergio, el camarero para que la sacara de allí. La idea iba y venía en oleadas, al mismo ritmo crescendo en que volvía a tener el control de su mente. En el fondo no tenía nada; nada que perder.

Luego, como otra ola que borra las huellas en la arena, volvió a pensarlo. Tampoco tenía nada que ganar. La sangre volvía a fluir en sus venas, ardiendo. Dejó caer la camiseta al suelo. Se inclinó sobre el sillón, acercó su cara a medio centímetro de la nuca de Ángel. El aire que salía de entre los labios de Amélie, ese cargado de dióxido de carbono, aire ya respirado, moría en cuestión de milésimas de segundo contra la piel de Ángel. Deslizó sus manos pequeñas sobre los hombros de él, inmóvil, las dirigió al primer botón de su camisa blanca impecable y comenzó a desnudarle, mientras él, con su cabeza aun agachada y los temblores ya extintos, se dejaba hacer.

Amélie estaba prácticamente tumbada sobre el torso de Ángel. Con su cadera apretada contra la cabecera del sillón, su tripa tersa se vertía por el pecho de él, sus manos habían acabado con los botones de la camisa y comenzaban con el pantalón. Las manos de Ángel, hasta ese momento muertas, comenzaban a hacer maniobras a través de la piel manchada de sangre de Amélie, en contra de la cremallera de ella.

No aguantaban más. La ira de Ángel se había transformado en lujuria, y Amélie comenzaba a derretirse. Ella se había sentado sobre las piernas de Ángel, de espaldas a él, que arrancaba con sus dientes el sujetador de Amélie, mientras sus labios no podían evitar acariciar el óxido y la sal teñidos de rojo de las heridas recientes en la columna vertebral de ella.

No quedaban más que sentimientos desgarrados y saliva amarga extraviada en la piel de aquellas dos personas desnudas a cada violento movimiento de las caderas de Amélie sobre aquel sillón que probablemente destrozarían esa última noche de irrealidad. 

2 comentarios:

Rocío Berella dijo...

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Saray dijo...

Muy interesante el blog! Te sigo^^!