lunes, 2 de enero de 2012

XXIII. Mentirte era Rock’n’Roll oculto en cada rincón.


Le dolía la tripa. Le dolía hasta reventar. Se retorcía bajo las sábanas, incapaz de enderezarse y levantarse de la cama. Gracias a Dios que era domingo. Su madre venía ese mismo día, pero sólo podía estar en casa unas horas. Llegaba de Barcelona a las doce del mediodía, y esa misma noche tenía que asistir a la inauguración de una exposición de fotografía. A Claudia le quedaban unas horas antes de que su madre llegara a casa. Hacía un mes que no la veía, pero a penas la echaba de menos. Se había acostumbrado a su ausencia, al igual que a las intermitencias de su padre y su despreocupación, por lo que, aunque a veces se sintiera demasiado sola, ese domingo era uno de esos días en que casi le incomodaba ver a alguno de los dos.

Llevaba varios días con ese dolor de tripa, pero hoy era más fuerte. Quizá no era la tripa exactamente lo que le dolía, pero era horrible. Le dolían todas y cada una de las partes de su cuerpo a la vez, pero especialmente el abdomen. Se acordó de la clase de filosofía de última hora del viernes, de Platón, de su abdomen, y de que Platón situaba ahí al alma concupiscible, el caballo negro, el malo, que ahí se guardaban los placeres sensibles. “¿Y qué coño era eso de los placeres sensibles?” Pensó, mientras se abrazaba la tripa como si algo dentro de ella luchara a muerte por escaparse. “Algo tendrá que  ver con todo, con ellos”. Ellos. Ellos respondían a nombres: Marc y Rebeca. Su objetivo y su oponente. Ese maldito dolor había comenzado después de la última pesadilla. O lo que es lo mismo, después de esas intensas horas, de refugiar a Rebeca en su casa, y, sobre todo, después de que ésta desapareciera.

Habían pasado ya cinco días, pero parecían años. El dolor y la inquietud hacían los segundos interminables. Se acordó de un día, en el que su madre la llamaba para salir de la bañera. A Claudia le encantaba encender la radio mientras se bañaba. Ponía cualquier disco, después se metía en la bañera, llena hasta casi desbordarse, y sumergía la cabeza para escuchar el sonido de la música distorsionado por el agua. Cerraba los ojos y se imaginaba ser la protagonista de cada canción. Entonces, su madre la llamaba, le decía “Claudia, venga, sal ya que llevas ahí dentro una hora, se te van a arrugar los dedos como pasas”. A veces incluso se le había acabado el disco cuando su madre la llamaba. “Mamá, déjame un minuto más”, y volvía a meter la cabeza en el agua mientras su madre seguía hablando. Luego ésta decía “Venga, que ya ha pasado un minuto” “No, aún quedan tres segundos”. Uno, dos, tres. Y Claudia salía del agua, toda arrugada, como una pasa. Y fuera del baño esperaba su madre. Claudia se acordó concretamente de un día, en que su madre le confesó que nunca entendió por qué la gente se empeñaba en dividir el tiempo en fragmentos y ponerles nombre. Segundos. ¿Y qué eran los segundos? A veces nada, a veces eternos, eran aire. Ella siempre pensó que no había más subjetivo que el tiempo. Pero Claudia sonreía, en silencio. A ella le gustaban más las cosas ordenadas, catalogadas, enumeradas y contables.

Pero ahora le parecía que su madre tenía razón.

Volvió a mirar el reloj: irónicamente esa vez había pasado más tiempo del que pensaba, y aunque el dolor no había cesado, era hora de levantarse, ducharse, vestirse e ir a ver a su madre. En el fondo sí que la echaba de menos, asique buscó entre enormes cantidades de fármacos la cajita del Nolotil. No, no iba a ser una ducha, mejor uno de esos baños que hacía tiempo que no se daba. Esta vez, lo que sonaba de fondo era La Valse D’Amélie, de la película Amélie.

Tenía una Blackberry y comía un montón de shushi perfectamente con un par de palillos chinos. Llevaba el pelo castaño –que resaltaba unos ojos azules que la hacían inconfundiblemente madre de Claudia-, ondulado, quizá demasiado largo para sus cuarenta años, pero lo cierto es que no aparentaba más de treinta y pocos. Una americana azul marino, con vaqueros y tacones de aguja, nunca se los quitaba. Se llamaba Valeria. Claudia la veía más guapa que nunca, o quizá porque hacía tanto tiempo que no la veía que sus rasgos habían quedado en la arbitrariedad de su imaginación.

La comida no salió de la línea de todas las comidas puntuales que tenía con su madre, cuando ésta pasaba casi por casualidad por casa. Que qué tal papá, qué tal el instituto, qué tal sus amigas, que si se había echado novio, que tuviera cuidado y usara protección siempre, que qué guapa estaba, que crecía por momentos y que “toma cariño, te he traído esto de Barcelona. Es un vestido, para cuando vayas a las discotecas con tus amigas”.

Valeria nunca se enteraba de nada. A su padre casi ni lo veía, de hecho, hacía varios días que no aparecía por casa, estaba fuera por algún negocio y llamaba cada dos días para comprobar que Claudia seguía viva. El instituto… había pasado de ser lo principal a adquirir un papel muy secundario en su vida. Sí, mantenía las excelentes calificaciones, pero no ponía empeño en superarse, había perdido el interés (o más bien otros asuntos se lo habían arrebatado). Sus amigas… bf apenas veía a aquellas chicas. Más que amigas, eran sus seguidoras, aunque últimamente todas se habían buscado novios, y ya no seguían tanto a Claudia. Y no, no tenía novio. De hecho, nunca había tenido novio, nada fuera de rollos de una o dos noches a lo sumo. Y realmente nunca había estado segura de querer uno, Claudia era física, no química; era razón y no corazón, aquello estaba un poco enterrado. Y luego estaba Marc. A él si lo quería, o lo había querido, al menos, pero eso fue un fracaso. El primer chico que le gustó, y había acabado mal. Aún seguía sin saber nada de él desde aquel día, que parecía mil años atrás, y sólo habían pasado cinco días. Y lo de la protección… “¡Joder, mamá, si soy virgen!”. Lo pensaba, pero no se lo decía. Ni eso ni todo lo demás, ¿para qué preocuparla si no estaba nunca en casa? Era mejor dejar que la vida siguiera, que su madre siguiera pensando todo aquello, ya que, aunque algo le dolía lo poco que sabía su madre de ella y no contarle sus cosas, tenía muy claro que era mejor así.

-Mamá, ¿qué te parece si te acompaño a esa exposición y así estreno el vestido para que me lo veas puesto?

Sí, lo mejor era intentar pasar todo el tiempo posible con Valeria, aprovechar ese poco tiempo que iba a permanecer allí. Además, no le vendría mal para dejar de pensar en todo lo demás.

La inauguración comenzaba a las diez en una sala de aspecto grunge, pero amplia, en la que nadie parecía encajar del todo con esos vestidos de fiesta. Una adolescente alta y rubia sobre unos tacones de aguja, luciendo un vestido de lentejuelas color nude y una blazer color coral, caminaba al lado de una imponente mujer castaña, muy guapa. Eran Claudia y Valeria. Claudia se separó de su madre para echar un vistazo a las fotografías, mientras su madre hacía unas llamadas al museo para el que trabajaba, dando una primera impresión de la exposición. De vez en cuando se interesaban por artistas jóvenes e incluso a los mejores les permitían exponer en alguna sala del museo. Pero el vistazo de Claudia no duró mucho. Comenzó a sentir algo raro, como un zumbido en sus oídos que la hizo ponerse alerta, como un instinto animal. Entonces, lo escuchó. "Joder". Y se dio la vuelta y un par de ojos gigantes celestes se lo confirmaron, justo en el momento que se daba cuenta de que no quería verle. Y lo mejor era que él también la miraba a ella.

Se dio la vuelta rápidamente, buscó a su madre con la mirada, pero nada, Valeria seguía con su Blackberry pegada a la cara, trabajo al fin y al cabo. Claudia vio una puerta y avanzó lo más rápido que le permitía la gente hacia ella. Detrás, al aire libre había un par de escaleras que bajaban a un patio. Bueno, en realidad era una piscina lo que había allí abajo. Se sentó, se descalzó, y metió los pies en esa agua, que pese a ser noviembre y estar casi congelada no estaba tan sucia. Encendió un cigarro, había metido el paquete bajo su vestido, entre las braguitas y su cadera. Sí, se estaba manchando el vestido nuevo, pero no importaba. Era raro que no se pusiera histérica por mancharse un vestido, además teniendo en cuanta que lo acababa de estrenar, pero ese día era una excepción. Últimamente su vida se estaba llenando de excepciones.

Clac, clac, clac. Era el sonido de las botas nuevas de Marc al estamparse contra el suelo de esos escalones. Claudia lo sabía sin mirar, lo estaba esperando resignada, con la esperanza recién perdida de que no viniera. Aunque estuviera de espaldas y no fuera capaz de mirarle, Claudia supo que estaba a punto de escuchar la respuesta a sus mil porqués, y comprendió que no estaba preparada para escucharla. Sin embargo, también sabía que la vida nunca esperaba a que estuvieras preparado, asique la voz rasgada, el sonido de garganta rota de las palabras de Marc comenzaron a matar la distancia entre ambos.

-Sabes, al principio no sabía por qué tanto rollo entre razón y corazón, para mí eran uno solo que se llamaba Rebeca. Luego, todo se difuminó. Nunca dejó de haber Rebeca, pero los límites se iban borrando, se perdían poco a poco hasta que no existieron. Entonces apareciste tú, desplomada a media noche en nadie sabe dónde, y yo sólo me esperé a tu lado intentando reanimarte. Yo no soy así, ¿sabes? Quiero decir, que no sé si me hubiera parado a intentar ayudarte si no hubiera sentido ese nosequé que me empujó a hacerlo. Es otra vez la tontería del sexto sentido ese, o la versión Marc del instinto femenino, o como lo quieras llamar. Es una tontería, igual es solo fruto de la casualidad, pero quiero ponerle un nombre, no lo sé. La cuestión es que me paré a tu lado, ¿vale? Y la mierda esa de instinto hizo que me gustaras, y mi corazón me lanzó a intentarlo de verdad contigo. Pero el corazón se equivoca, no quiero decir que se equivoca en plan como cuando te hacen daño y piensas “Oh, Dios mío, si no le hubiera hecho caso al corazón ahora no lo estaría pasando tan mal”. No, no me refiero a eso. Lo que digo es que a veces el corazón no tiene ni puta idea de lo que quiere.

Algo en Claudia no pudo evitar mirarle, no quería hacerlo, pero era como cuando veía películas de miedo de pequeña, que se tapaba toda la cara con sus pequeñas manos, pero aun así intentaba ver la película por las rendijas de entre los dedos.

-Joder, no Claudia, no digo eso. ¡No me pongas esa cara! No me malinterpretes, no digo que no te quisiera. De hecho me había enamorado de ti, eras especial, tanto o incluso más que ella, y ya sé que las comparaciones son odiosas, pero tú no tienes por qué envidiarla. Tú brillabas y por eso me enamoré de ti en cuestión de segundos, desde que casi tropiezo contigo tirada en el suelo hasta que conseguí que despertaras. Cuando abriste los ojos, Claudia, la primera milésima de segundo en que me viste, yo ya me había enamorado de ti. Pero entonces, cuando parecía que todo iba bien aunque acabáramos de conocernos, volvió la razón para decirme que me había enamorado de ti sin haberme olvidado de Rebeca, y que ella iba a estar siempre ahí, que su imán iba a ser, inevitablemente, más fuerte que el tuyo. Pero eso tú lo viste a la vez que lo vi yo.

Si, Claudia lo vio escrito en sus ya de antemano grandes ojos, en ese momento abiertos como platos ante la figura de una aparente desconocida que no lo era tanto. Respiró hondo, tomó aire, pero se dio cuenta de que no tenía nada que decir, o al menos no sabía cómo hacerlo. Solo deseaba que en cualquier momento un gran pulpo, uno de esos gigantes, un kraken, la enganchara con sus tentáculos y la sumergiera en el fondo de esa gélida piscina.

-Vete. Vete, Marc, por favor.

De nuevo la suela de sus botas estalló contra el suelo, si bien esta vez a cada paso se llevaban pegado como un chicle cualquier resto de esperanza.

Claudia se sentía como después de esas pesadillas que tenía. Aliviada, ya tenía su respuesta, si bien era bastante parecida a la que había imaginado. Y a la vez inquieta. Comprendía, aunque también era algo que había sabido desde el primer momento, que Marc era especial, muy especial. Por ello le sorprendió tanto eso de que ella también brillaba. No en el plan de tener superpoderes, ni magia, ni esas chorradas. En el sentido de que hay personas que por unas u otras causas pueden tener algo que las diferencie especialmente del resto. Marc era así. Y Rebeca también. ¿Y ella? Marc acababa de decirle que brillaba, que no tenía nada que envidiar a Rebeca, pero sin embargo volvían a no elegirla. Siempre había alguien por delante de ella, y Claudia no lo soportaba, necesitaba ser mejor en algo, destacar. En ese momento, como nunca, estalló la supernova de sus inseguridades. Y con ella, no pudo evitar lágrimas de rabia hacia sí misma, por no ser lo suficientemente especial para haber ganado una batalla que no supo que existía hasta que la había perdido.

1 comentario:

Daniel José Cabrera Castro dijo...

Hola!! Me gusta encontrarme con blogs que no sólo tratan de moda y tendencias. Claro que te sigo, me encanta leer ,P

saludos!! mars boyfriend