viernes, 25 de noviembre de 2011

XVIII. My girl, my girl don't lie to me, tell me where did you sleep last night, where the sun don't ever shine.


En la madrugada del recién comenzado- a penas cuatro horas antes- dieciséis de noviembre Claudia había estallado. Se debatía entre el histérico llanto y los gritos rasgados, ya a penas sabiendo lo que decía, víctima de miedos y fantasmas, de un embrollo de emociones bloqueando su ya de por sí especial cerebro. Mientras tanto, la chica morena enfrente de ella parecía no inmutarse, pero sus ojos oscuros reflejaban intranquilidad, de nuevo. Una intranquilidad poco común quizá, pero intranquilidad al fin y al cabo. Hasta que Claudia, ya no dueña de su cuerpo y de sus actos, comenzó a zarandearla, la agarró de los hombros y se acercó aún más a ella, exhalando en un último aliento un “¿Quién eres?” antes de desvanecerse.

Después reaccionó, algo más tranquila. Comenzó a pensar por primera vez en todo el día algo lógico desde que había huido corriendo esa mañana del parque. Aún seguía teniendo muchas dudas y la necesidad de que alguien se las respondiera. Quizá era esa chica la única capaz de hacerlo, a demás de Marc, pero no sabía ni era capaz de querer saber nada de él durante al menos unos días. La chica estaba sentada en el suelo del parque, a su lado, fumando un porro. Como esa mañana. Al ver a Claudia algo más relajada, le tendió la mano pasándoselo. Claudia no fumaba porros, solo tabaco, antes para relajarse, últimamente habitualmente, pero nada más. Sin embargo lo cogió, ¿qué importaba? Compartieron el porro hasta el final, en silencio, simplemente mirándose curiosamente, sin hacer ningún tipo de comentario. Hasta la última calada, cuando Claudia volvió por enésima vez a repetir “¿quién eres?”.

***

No podía dejar de preguntárselo desde que ella lo había hecho por primera vez ¿Quién era? Rebeca no sabía qué contestar, qué contestarse a sí misma. No le costaba nada decir que se llamaba Rebeca, que iba a cumplir los dieciocho años en unos días. Pero, ¿qué mas? No sabía nada de lo que había sido su familia desde hacía algo más de un año. Desde hacía menos de veinte cuatro horas, ni siquiera tenía una cama en la que dormir, y su vida se diluía en todo tipo de drogas, alcohol y sexo como medicina ante el recuerdo de lo que ella era, de quién era. Ya no era nadie, era una sombra, vivir rápido y morir joven se habían fusionado de forma que vivía sin vivir, sin ser nada, solo pretendiendo ser lo que nunca había sido, evitando lo que era, olvidándose de lo que echaba de menos, engañándose.

-No soy nada. Soy… una mentira, soy lo que no soy- dijo, sonriendo misteriosa y amargamente. -No soy nada.
-Yo soy Claudia.
-Me llamo Rebeca.

Continuaron mirándose. De nuevo una situación extraña, un sentimiento de rechazo mutuo, pero de atracción. Eran polos opuestos. Ambas pensaban en cuál iba a ser la próxima pregunta de la otra, ambas esperaban calladas a que la otra dijera algo. Pero nada, silencio. Un rato después, Claudia, como cualquier cosa, preguntó:

-¿De qué conocías a Marc?
-No lo sé- contestó Rebeca, después de imaginar que Marc debía ser el nombre del chico de los ojos azules que estaba con Claudia esa mañana en el parque. Habría dicho que no lo conocía, pero algo en su interior le había confesado esa mañana que habían tenido algo en común alguna vez.

Nunca se acordaba de ninguna cara. De hecho, no recordaba ninguna de la enorme lista ya de personas con las que había pasado noches, compartiendo salivas y otras sustancias. Pero ese chico tenía algo especial, algo diferente de todo el mundo. Le sonaba, estaba casi convencida de que alguna vez se había acostado con él. Más de una sería muy difícil, Rebeca no solía ir siempre a las mismas discotecas, y Madrid estaba lleno de gente. Pero algo debía de haber pasado entre ellos. Porque… No, rechazó la idea de que lo conociera de antes, de cuando aún tenía un hogar, una familia y una vida normal, no. Había borrado a base de narcóticos la mayoría de los recuerdos de esa época.

-Se que lo he visto alguna vez- continuó- pero no me acuerdo demasiado. Sólo me sonaba su cara, nada más.

Claudia, escéptica, no creía demasiado lo que la chica contaba, pero lo dejó pasar. Ahora ya más relajada, veía el agotamiento grabado a fuego en los ojos poco expresivos de Rebeca.

-¿Vives muy lejos de aquí?

No, no vivía en ningún lado. No lo había pensado pero probablemente esa noche fuera a dar una vuelta por alguna discoteca, a intentar vender todo lo posible y conseguir dinero para pasar la noche en cualquier hostal. Pero unos minutos después ambas sobre la Harley Davidson llegaban a la casa, como siempre vacía de Claudia. Rebeca dormiría allí esa noche. Aún ambas con emociones -antes encerradas bajo llave- a flor de piel, ocultaron sus dudas, dándose ambas por vencidas al enemigo, uniéndose a él, una a la otra. Noche cerrada y fría. Rebeca, necesitaba algo, un momento de relajación antes de acabar ese largo día intermitente de cuarenta horas. Buscó en el bolsillo de sus vaqueros, sacó una pequeña bolsa de plástico y se hizo una raya con el polvo blanco de su interior. Ketamina.

Vaqueros. Su camiseta preferida, esa que tenía mil años y más recuerdos borrosos. Calcetines, sujetador. Las braguitas con el encaje rosa. Todo fuera. Solo ella, la fusión ambigua de su cuerpo y su alma. Esa masa heterogénea de sangre, huesos y piel, y la invisible nube etérea y volátil que formaba su ser. Frío el suelo bajo sus pies descalzos. El fino pelo dorado de sus brazos despertaba al contacto con el aire, pétreo, que entraba por la grieta de dos centímetros de aquella ventana de esa casa ajena abierta. Un paso, dos, tres más. Un susurro que se tornó violento, y suave otra vez, y las gotas de agua de la ducha hirviendo resbalando por cada milímetro de su piel. Desaparecía el cansancio. De repente, algo se paró de golpe, como un choque brutal, pero en silencio. El tiempo. Sus parpados iban anocheciendo, la última ranura se había emborronado de gotas de agua mezcladas con rímel. Negro. Un chasquido fortuito, una calada. El humo del último Camel del paquete, ese al que antes de ayer dio la vuelta para que le diera suerte -una de las pocas costumbres inconscientes que seguía conservando del pasado- parecía no parar nunca de salir de sus pulmones, lento. Y se fundía con el espeso vapor del agua, que, tan caliente, había insensibilizado cada poro de su piel. Sus sentidos iban evaporándose. No oía, no olía, no veía, no sentía, no notaba el sabor de la última calada. Nada. No existía ni el tiempo ni el espacio. No tenía cuerpo, ya solo quedaba su alma. Dejó de pensar. Y se elevaba, con el humo y el vapor. Se estrellaba contra los espejos, descubriendo al mundo esa inicial escrita con la firma de sus huellas dactilares. Se escapaba por la rendija que había dejado abierta en la ventana, porque dos centímetros eran suficientes para que el alma cupiese, huyendo con el viento porque había soñado con tocar el cielo. Desaparecer.

1 comentario:

Annie Montauk dijo...

Se estrellaba contra los espejos, descubriendo al mundo esa inicial escrita con la firma de sus huellas dactilares.

Eres buena Nath... muy buena. ¿Es parte de una novela?

Siempre me gustó el nombre Rebeca :)